La Aldea

Leonor salió corriendo del bar. Fui tras ella calle arriba, gritando su nombre.

Al llegar cerca de la casa del párroco, la alcancé y la cogí del brazo.

—Espera, ven aquí. No seas testaruda —dije casi sin respiración.

—¡Déjame, joder! Estoy cansada ya de este maldito pueblo.

—No me gusta verte enfadada.

Tras esto sonrió y me miró a los ojos con tristeza. Estaba muy hermosa bajo la luz de la luna en esa noche fría de febrero.

—Me voy a casa, vuelve al bar por favor. —Se despidió mientras se giraba.

La observé enfilar la calle empedrada en dirección a su casa, que años atrás fuera de mi abuelo.

—Te acompaño —dije.

Asintió y continuamos caminando en silencio. Al llegar distinguimos claramente la luz del televisor encendido proveniente del interior.

—Ven —dijo mientras me cogía la mano y me guiaba hacia la entrada posterior—. No tengo ganas de atravesar el salón y ver a mis padres esta noche.

Al llegar a la puerta, Leonor se paró y se giró. Apoyó su espalda contra la pared y preguntó:

—¿Tienes un cigarro?

—No, me fumé el último esta mañana antes de coger el bus.

Leonor se volvió hacia mí y pude sentir cómo su respiración se agitaba. Me miró con una suplica en los ojos, unos ojos que había visto durante toda mi vida, y que desde que me fui a estudiar a la ciudad me había descubierto añorando.

Me acerqué lentamente y pude sentir la atracción de su cuerpo. Suavemente posé mis labios en los suyos y los sentí suaves y cálidos.

—Tu tío va a querer matarte— dijo riendo en un susurro.

—Tu padre siempre me ha querido como a un hijo.

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