La casa del maestro

Leonor salió corriendo del bar. Fui tras ella, calle arriba, gritando su nombre.

Al llegar cerca de la casa del párroco, la alcancé y la cogí del brazo.

—Espera, ven aquí —dije casi sin respiración.

—¡Déjame, joder! Estoy cansada ya de este maldito pueblo.

—No seas testaruda, sabes que nos iremos de aquí mas pronto o mas tarde.

—No, no iremos a ningún sitio. Nunca vamos a ningún lado. Y estar encerrados aquí es la mayor mierda del mundo.

La acerqué y la abrace, solo un segundo, hasta que se apartó.

—Déjame.

—No pretendo más que consolarte.

—¡Ja! Ya me conozco tus consuelos.

Tras esto sonrió y me miró a los ojos. Estaba hermosa bajo la luz de la luna, en esa noche fría de febrero. Su pelo rizado siempre me parecieron ríos de oro cobrizo.

—Me voy a casa, vuelve al bar por favor. —Se despidió girándose.

La observé dirigirse por la empedrada calle vieja, en dirección a la casa de su padre, que anteriormente fuera de su abuelo y antes de eso del mío.

De repente, a su derecha empecé a observar una luminiscencia, un rojizo resplandor que empezaba tímido a iluminar el cielo nocturno.

Leonor se paró al darse cuenta y se giró hacia donde me había dejado.

—¿Qué es eso? —preguntó.

Me encogí de hombros y avancé hasta donde estaba, la cogí de la mano y tiré de ella.

Fuimos rápido con cuidado de no resbalar por el empedrado gastado por el tiempo y la intensidad del resplandor era cada vez mayor. De las calles aledañas veíamos salir corriendo a los vecinos del pueblo, en la misma dirección que nosotros, como luciérnagas hacia la luz.

—Es la casa del maestro. —Escuché.

El sonido del camión de bomberos, empezó a ocultar el crepitar del incendio, que junto a los gritos de la gente que se arremolinaba en el lugar, invadía el aire.

—Menos mal que no estaban en casa. — Oí en mi espalda la voz de Pedro.

Me volví al tiempo y lo miré. Continuó:

—Se han ido a Madrid por el puente. El maestro y su familia feliz.

La luz del fuego se reflejaba extrañamente en sus ojos.

Al tiempo apareció Teresa, venía caminando lentamente por la misma calle que Leonor y yo habíamos recorrido para llegar.

—Menuda se ha montado aquí —dijo en voz casi imperceptible—. Alguien tendrá que llamar para avisar a los dueños.

La frialdad de ambos me asombró, Leonor estaba temblando y a mí casi no me había vuelto la respiración.

Los bomberos ya habían desplegado las mangueras y estaban apagando el fuego. Una vez las llamas se comenzaron a disipar, pudimos ver cómo era solo el jardín delantero el que había ardido. La casa, de dos plantas y construida en piedra, solo parecía haber recibido humo.

Pasado un rato, con los bomberos ya recogiendo material, los vecinos fueron poco a poco volviendo a hogares, pero esa no sería una noche más en la historia, anodina, del pueblo.

—Te acompaño a casa —dije a Leonor.

Me miró y asintió con la cabeza. Teresa y Pedro vivían cerca del incendio y se habían despedido unos minutos antes.

Caminamos en silencio, cuesta arriba ahora, esta vez mirando al suelo y sin decir nada.

—Qué raro. ¿Cómo ha podido prenderse el jardín?

Por respuesta Leonor solo levantó los hombros. No parecía que tuviera ganas de volver a compartir una palabra conmigo.

—No me gusta que estemos así —dije.

Continuó caminando en silencio. Hasta unos metros antes de su casa. Por la ventana del salón se distinguía claramente la luz del interior a pesar de los blancos visillos que se encontraban corridos en ese momento.

—Ven —dijo mientras me cogía la mano y me guiaba hacia la entrada posterior—. No tengo muchas ganas de ver a mis padres esta noche.

La seguí, rodeando la esquina y entrando en la otra calle. Ésta, casi sin urbanizar, no tenía farolas, la única luz era la que procedía de la luna y apenas nos dejaba vislumbrar las paredes.

Al llegar a la puerta, Leonor se paró y se giró. Apoyó su espalda contra la pared y preguntó:

—¿Tienes un cigarro?

—No, me fume el último esta mañana antes de coger el bus. Sabes que a mi madre no le gusta que fume, y decidí no comprar mas.

—Si es que eres un santo. —Suspiró—. Bueno, entro.

Apoyé la palma de mi mano en la pared entre ella y la puerta y mi brazo le interrumpió el paso.

Leonor se volvió hacia mí y pude sentir cómo su respiración se agitaba. Me miró con una suplica en los ojos que no fui capaz de entender. Creo que ni siquiera ella estaba segura de qué deseaba.

Me acerqué lentamente y pude sentir la atracción de su cuerpo. La fuerza de la gravedad, el campo magnético que nos atraía.

Suavemente posé mis labios en los suyos y los sentí suaves, como siempre lo fueron. Me retiré un instante para volver enseguida a saborearlos. No me rechazaron sus labios y sus brazos comenzaron a buscar mi cuello. Nuestros cuerpos se acercaron todo lo que les era permitido, mientras mi lengua saboreó sus labios.

Leonor, giró la cabeza y la apoyó en mi pecho. Acaricié su cabello y lo besé con dulzura.

—Querría que volviera a ser así —susurré.

Tardó tres respiraciones en contestar. Noté en cada una de ellas, como su cabeza en mi pecho las acompañaba. Luego me miró a los ojos y dijo, con los suyos humedecidos.

—Y yo querría que no hubiera sido nunca, para poder volver a enamorarme de ti. Nunca fui tan feliz como cuando me enamoraba de ti, lentamente, descubriéndote como un tesoro aunque siempre habías estado cerca.

Fui a besarla de nuevo y ella se apartó.

—Pero ocurrió, y hay que aprender a vivir con eso. Con el recuerdo de lo que pudo ser y no fue—. Se acercó a la puerta, la abrió y sin girarse concluyo—: Y no será.

1 thought on “La casa del maestro

  1. Me encanta el final, aunque me quedo con la duda de porqué ocurre el incendio. Algo me dice que hay cosas extrañas pasando en el pueblo, y hasta me da la impresión de que alguien ha muerto, aunque no se quien. Por lo demás, y como siempre, me gusta mucho como escribes. ¡Sigue así!
    Cometa.

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