SONRISAS Y VINO

La mancha roja avanzaba lentamente por el blanco lino del mantel. Con un gesto rápido y nervioso consiguió levantar la copa, que se balanceaba lentamente de un lado a otro dejando escapar el vino, y una gota púrpura empezó a resbalar por el cristal.
Usó la servilleta para intentar enjugar el líquido, pero la mano del camarero se la retiró amablemente, mientras pronunciaba un cortés “no se preocupe”.
Ella simplemente sonrió, aun mirando la mancha, azorada. “Soy un poco torpe”, murmuró con una risa mientras seguía desviando nerviosa la mirada, del camarero a su acompañante, que seguía la escena divertido, de su acompañante a la gota que en ese momento abandonaba temblando la copa y caía, ganando de este modo el vino otra pequeña batalla al camarero que se afanaba en secar el otro lado de la mesa.
“Enseguida le traigo otra servilleta”, anunció el camarero cuando terminó de llenar la copa con desgana, pensando tal vez que la chica no debería seguir bebiendo.
Ella seguía nerviosa; un leve temblor sacudía sus dedos que jugueteaban sobre la mesa con el tenedor.
“Tranquila”, dijo él aun sonriendo y en voz baja, “no es nada, sólo vino. No te preocupes”.
Sólo era vino, no debía preocuparse. Le hizo gracia darse cuenta que pensara que se encontraba así por el vino. Bueno, al fin y al cabo era una suerte. No se dio cuenta de que la copa cayó cuando ella giraba la cabeza hacia la orquesta, ni lo pudo asociar al hecho de que un piano comenzara segundos antes a entonar una lenta y suave melodía. No, para él aquello no significaba nada.
La habría reconocido en cualquier parte. No era sólo la canción, que ya era famosa mucho antes de que ella la escuchara, primero de aquel pianista negro, eterno, después de que Bogart se la pidiera con tristeza y rabia, luego de sus dedos.
Aquellos dedos eran los que la hacían inconfundible. Muchas veces la había oído en otros lugares; parece como si los pianistas de restaurantes no tuvieran mucho más repertorio; o tal vez se trate de una tradición, algo sin lo cual no prosperaría el negocio.
Pero nunca la había confundido, siempre supo que era otra persona y no él quien la tocaba. Ahora sí podía ver, aunque no lo necesitaba, que se trataba de él, de sus dedos. Esos dedos que acarician ahora las teclas del reluciente piano como antaño la habían acariciado a ella, dulcemente, lentamente y con un amor y una pasión que sólo él sabía infundirles.
Tocaba el piano igual que amaba: poniendo todos sus sentidos en la música o en la respiración entrecortada de ella. Siguiendo el movimiento de sus manos sobre el pasillo blanco y negro del piano o mirando la línea imaginaria que su dedo dibujaba sobre el cuerpo de ella. Ella, con los ojos cerrados, respirando dulcemente; o mirándolo, con la luz que siempre tenía en la mirada cuando estaba junto a él.
Ahora, a veces se miraba al espejo y no lograba encontrarla. Ese brillo de antes, esa pequeña llama que ardía en algún lugar y que encontraba los ojos de ella, grises como un hermoso día de lluvia, para salir al exterior y cumplir su misión: iluminar la habitación, a él, la calle y todo y todos los que se encontraran cerca de ella.
Pero ya no estaba allí, esa llama había desaparecido. Tal vez porque no podía seguir ardiendo, como le ocurriría a la vela roja que adornaba la mesa, ahora haciendo juego con la mancha, cuando la cera se acabara. O tal vez sí conservara cera, pero una leve brisa la habría apagado, dejándola sin luz a la espera de unos dedos ágiles que supieran volver a encenderla para así poder brillar de nuevo como antaño.
Ahora sonaba otra pieza, esta vez de música clásica. Tal vez fuera de Mozart, nunca consiguió reconocerlas, por mucho que el se empeñara.
Lo recuerda en aquella pequeña buhardilla, tocando el piano junto al techo inclinado, cada vez más bajo, dejando cada vez menos espacio. Termina de tocar y entonces ella dice un nombre, al azar, dándose cuenta del error antes de que las palabras abandonen su boca, y se vuelve riendo mientras lo repite sin poder creerlo.
“No”, dice. “Esto es Mozart, ¡Mozart!”. Entonces sonrie y se para, de pie junto a la ventana, con el reflejo del sol sobre la fachada del edificio de enfrente: otro lugar, otros hogares, otras historias.
Mueve la cabeza de un lado a otro mientras ríe lentamente. “¿Qué pasa?. ¿Es que no me escuchas cuando toco?”. Se acerca. “No reconoces ninguna”. Se acerca. “¿O te encanta este juego diabólico que me hace sufrir?”. Se acerca.
Ella está sobre el sofá viendo el piano, notando el reflejo del sol, observándolo a él. También sonríe, siempre sonríe allí. “No, pero te siento tocar”. El se acerca, le tiende los brazos, se acerca.
No era su reflejo, sino el propio sol quien entraba por la ventana esa mañana. Los ojos ya sin brillo, sin luz. Tal vez las lágrimas que en ese momento los cubrían fuesen las culpables de que se apagara la vela, o tal vez la falta de esa llama fuera la culpable de esas lágrimas. Mira el piano ahora sin voz. Sin él para acariciarlo, duerme y sueña como ella, con sus dedos, su pasión, su alegría. El humo del cigarro emborrona toda la imagen: el sol, el piano, el humo, las lágrimas, el techo inclinado, cada vez más bajo.
Busca las razones pero no consigue encontrarlas, simplemente no están, simplemente se apagó, no quiere buscar culpables, tal vez porque no los halla o porque tal vez halla demasiados. Sale lentamente del salón, abandona la buhardilla, el piano, sus dedos y su pasión.
El sonido ha cesado de nuevo, es ahora cuando levanta la cabeza y abre los ojos. Mira al público: hablan, comen, ríen, casi ninguno presta atención a la música, a algunos incluso les molesta.
Pero a ella no. Está allí, mirándolo. No puede creerlo, está preciosa, radiante, sonriéndole… allí. Desde el otro lado del local, de frente a él, de frente a su música. La ve aplaudir, sonriendo, siempre sonriendo.
Los dedos reposan sobre las teclas, fijos, las rozan en un susurro mientras esperan. Le ve cuando él la mira, desea apartar la vista para volver a su mesa, a su acompañante y a su mundo. Su mundo sin él, sin pianos, sin ventanas, sin dedos que la acaricien… sin pasión. Pero no puede, no puede dejar de mirar y sonríe, y aplaude y comienza a sentir sus manos juntas, como tiempo atrás lo había sentido a él, y recuerda y mantiene la sonrisa, y le ve sonreír.
Él ahora sonríe mientras la mira, hermosa y tierna como siempre, como era antes, cuando estaban juntos, cuando era feliz.
Un leve susurro la saca del recuerdo. Alguien dice algo desde el otro lado de la mesa. Su acompañante habla lentamente pero no consigue entender sobre qué, se esfuerza pero sus oídos sólo oyen la música, aunque ya halla cesado, su mente sólo procesa los recuerdos, que ya sucedieron.
“Perdona”, dice ella mientras lucha por volver a la realidad. Ladea un poco la cabeza, obligándose a prestarle atención. Intentando acallar esa parte de sí que pretende seguir disfrutando de la melodía.
“Decía…”, repite el chico, “que acabo de darme cuenta que tienes un brillo especial en la mirada; casi me ciega”. Divertido saca las gafas de sol de su chaqueta y se las pone. Se ríe de su propia broma y entre risas comenta que podría tratarse de una buena señal.
Ella responde: “Estoy segura de ello”. Y se vuelve a mirarle mientras posa sus manos sobre el piano.
Suena la música y vuelve el recuerdo, la ilusión. Y esos dedos que acarician las teclas con la pasión de siempre, con el amor de siempre.

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