ESCAQUES

Cuando la vi allí sentada sobre el banco, con las piernas cruzadas como si meditara, como si fuera un monje que piensa en la eternidad mientras respira el aire puro del Tíbet; inclinada hacia delante con las palmas de las manos bajo la barbilla y los dedos cerrados sobre la cara, oprimiendo las mejillas, pensé que era ella.

Del mismo modo que ella, miraba el tablero atentamente. Siempre creí que no necesitaba tanto tiempo para pensar, que sólo miraba de ese modo al tablero porque le hacía parecer perdida. Miraba a las figuras pidiéndoles consejo; le preguntaba al rey qué tal se encontraba, si temía que alguna de las figuras descoloridas (pues siempre jugaba con negras) pudiera hacerle daño. Admiraba a la dama, con todas sus posibilidades, su fuerza y su relevancia, pero no del todo valorada: su vida, o mejor su muerte, no decide a que bando sonreirá la victoria.

Le encantaba hacer movimientos sutiles, cogía la pieza pidiéndole perdón: “Oiga, lo lamento pero he de moverla. Siento ponerla en peligro”. Excepto cuando llegaba al final de la partida. Entonces el movimiento era ágil, rápido, decidido; no era un movimiento, era un orden: “Tú, ve allí y no vuelvas sin la corona de ese monarquilla de tercera”.

Era entonces, cuando ganaba (todas las veces hasta aquel día), cuando miraba a su adversario. En aquel momento levantaba la cabeza y miraba a los ojos que tenía enfrente, los cuales aun miraban al tablero buscando una salida que nunca llegaba. Esperaba recibir una mirada del otro , llena de odio algunas de las veces, de simple conformismo la mayoría, pero de derrota y sorpresa en cada uno de aquellos que sucumbían a su ejercito de figuras de plástico.

Era realmente una sorpresa, nadie pensaba que bajo esa camiseta blanca y esos vaqueros, dentro de aquel cuerpo menudo y hermoso que apenas pasaba del metro y medio, dormía, y despertaba en cada enfrentamiento, una guerrera decidida, alguien que sólo tenía una meta mientras aparcaba su vida y reducía su mundo a las sesenta y cuatro casillas.

Fue tras una de esas victorias cuando la miré por primera vez a los ojos, y ella a mí (aunque yo no fuera el enemigo). Tras vencer y contemplar la derrota en el ojo de su adversario (pues el ojo de cristal de aquel viejo marinero no expresaba nada, sólo el sano tenía derecho a mostrar sentimientos) giró la cabeza a un lado y entonces fue a mí a quién observó. Levantó la ceja mientras me lanzaba una suave sonrisa.

La había visto sonreír muchas veces, aunque nunca había sido el receptor de tal privilegio. Sonreía mientras se levantaba, recogía su oscura mochila raída y tras colgársela a la espalda cruzaba el pequeño parque, dejando a un lado otras mesas donde se libraban batallas y los carriles donde se jugaba a la petanca.

La victoria había sido de ella y era la reina del parque. Durante los dos meses que estuvo allí, mientras abandonaba el lugar tras dejar a otro rey sin su blasón, ningún día tuvo que esperar para cruzar la senda por la que ciclistas y corredores hacían deporte; no, ella pasaba decidida y nadie osaba cruzarse en aquel momento. Mientras caminaba, parecía como si el mundo se fuera apartando de su camino, y todo el sol que llegaba la iluminada a ella y a su travesía.

Tal vez debí aprovechar aquella sonrisa, aquella pequeña invitación a participar de su victoria para acercarme a ella. Decirle que parecía como si el juego se hubiera creado para ella (o ella para el juego). Preguntarle si quería enfrentarse a mí, si quería vencerme como había vencido a todos (con facilidad, yo hacía tiempo que no jugaba). Pero no dije nada.

Aquel día del mes de julio tuvo una mañana preciosa, cantaban los pájaros y brillaba el sol, pero yo lo recuerdo gris, con sonidos zumbantes y un frío helado.

Ese día no mentía (si alguna vez lo hizo) al mirar eternamente al tablero; sí que estaba perdida.

El pobre rey le gritaba que tuviese cuidado, que velara por él; la dama hacía tiempo que yacía al lado del tablero, sin vida, sin posibilidad de defender a su amado, a su reino, a sus valientes…. En una esquina del tablero lloraba un pobre peón, presintiendo la caída de un rey al que ya no podía defender.

El viejo lobo de mar movió su torre y con ella borró el sol, trajo las nubes y acalló a las aves. Su ojo brillaba con la luz de la venganza, no con la simple dominación con que miraba a otros (entre los que me incluyo).

Ella no levantó la vista para mirarlo, no sonrió brevemente ni felicitó al ciclópeo enemigo.

Tocó su rey pidiéndole perdón y despidiéndose. Se levantó del banco descruzando las piernas, cogió la bolsa y comenzó a caminar.

Intenté acercarme a ella, parecía más frágil que nunca y seguramente lo era. A medio camino, mientras la contemplaba andar con la cabeza gacha, me paré. Acababa de colocarse unas negras gafas de sol. Tal vez fuera para esconder una lágrima, seguro para ocultar la derrota.

Ya no era el caballero victorioso que vuelve al castillo donde le esperan para rendirle homenaje. No, se sentía como el pobre soldado que vuelve derrotado a un castillo que ha pasado a manos del vencedor; mientras aquel de quien era vasallo, ensangrentado, adorna el campo de batalla.

No escuchó las protestas del ciclista que estuvo a punto de atropellarla, simplemente varió su paso y lo dejó pasar; luego salió de la vida del parque.

Pero esa chica que está ahí, sobre el banco, ya no es ella.

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