Noche de verano

El juego consistía en una tabla decorada como si fuera un circuito en una ciudad: casa, coches y árboles se iban desperdigando por un lado y otro. Un carril a modo de carretera recorría la tabla desde arriba hasta la meta. Un volante simple, de plástico, hacia girar esta tabla. La odisea consistía en recuperar abajo la moneda que se introducía por arriba, evitando que cayera en alguna de las curvas y pasara a atesorarse con las demás, a la espera del recaudador. Yo ya había perdido el duro que me dio mi padre y observaba cómo aquel joven jugaba con él, acompañando el cuerpo en cada giro de volante, mientras sujetaba en sus labios un cigarro.

La voz de mi madre llegó desde la otra punta de la terraza, “¡Chico, la comida!”. Dejé de admirar a aquel avezado piloto y volví corriendo a la mesa. Mi padre hablaba con mi tío, que había parado un momento tras dejar el pedido. Mis hermanas mayores hablaban entre sí, y la pequeña (mayor que yo) se negaba a comer lo que mi madre vivamente ponía en su plato y el mío.

“Yo tampoco quiero eso”, dije mirando ese trozo que parecía carne bañada en tomate frito y con un trozo de hoja de laurel junto a ella.  “Prueba, es atún. Está muy rico, parece carne.”

Con pocas esperanzas probé un trozo pequeño, la acidez del tomate junto a la pimienta ofrecieron un nuevo sabor, que me agradó al instante, cogí algo de atún, y no se si por lo suave y blando que estaba o por la salsa en la que estaba bañado, me encantó.

“No quiero eso”, mi hermana insistía, ¡quiero sólo chocos fritos! “¡Pues solo chocos!”, sentenció mi padre alargándole los dos que quedaban en el plato. “Manuel, trae otra de chocos”, dijo mientras mi tío pasaba tras su espalda con una pila de platos de regreso tras la barra.

Meses después, en verano, mi padre y mi madre trabajaron un mes en ese chiringuito propiedad de mi padrino, fue el mes que pasé junto a mi hermana en casa de mi abuela. Tardaría varios años en entender la necesidad de esa separación justo cuando no teníamos colegio; en la mente de un niño las necesidades de la vida cotidiana no parecen tener hueco.

“Y otro de atún papá, ¡está muy rico!” dije con la boca ya llena de tomate. “No comas tan rápido”, apuntó mi madre, “te va a sentar mal, además el tomate de noche…” decía hasta que mi padre le cortó: “déjale, tiene buen pico”.

El viaje de regreso, de noche, en la parte trasera de un viejo seiscientos junto a mis tres hermanas mayores, se me hizo muy largo, aunque iba ya en un duermevela constante. Adaptarme a los pequeños huecos que me dejaban en aquel estrecho asiento me ha servido de adulto para ser capaz de dormir en las posturas más raras e incómodas conocidas.

Tras subir los tramos de escalera hasta nuestro piso, y meterme en la cama, el estómago empezó a dolerme: “Mamá, me duele aquí”, dije mientras me tocaba la barriga. “No, si ya sabía yo; ¡vamos, a dormir!” dijo mientras me cubría con la sabana.

Mi siguiente recuerdo de esa noche es borroso, mi madre de madrugada poniendo otra sabana y recogiendo la que tenía, junto a la colcha que estaba a los pies de la cama, sobre sí mismas, mientras me decía “Venga, ahora a dormir, tanto atún…” y yo, sudoroso y con el sabor del tomate ahora mezclado con bilis, le hice caso.

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